Las piernas de Marilyn son machistas

 CARLOS MAYORAL

Madrid / España Tomado de El País

 El tono de la escena es evidentemente jocoso. Como ocurre en toda comedia, de cada ges­to, de cada diálogo, de cada paso que dan los protagonis­tas se desprende una inocente son­risa que es, por otro lado, lo que las hace irresistibles. En este ca­so, los pasos alejan a los dos acto­res de un cine imaginario. Se trata de Tom Ewell y la celebérrima Ma­rilyn Monroe en La tentacion vive arriba, que discuten sobre la triste­za que le provoca a la protagonista el hecho de que el monstruo no se haya casado con la chica. 

Entonces se detienen sobre una reja de venti­lación, y Marilyn sonríe, divertida: «Mire, ¿nota la brisa del metro?». Un instante más tarde, el convoy pasa bajo sus pies, y la falda blanca de Marilyn se levanta, dejando al aire sus piernas. Un fotograma, un simple fotograma, que pasaría a la historia como una de las imágenes más icónicas de Hollywood.

Leí la noticia días atrás. En California han decidido que la escultura gigan­te de Marilyn que reproduce la fa­mosa escena del vestido blanco sea retirada: vuelve la moralina justicie­ra. Los representantes culturales en Palm Springs califican la imagen de sexista y sensacionalista, inapropia­da, según sus propias palabras, pa­ra los cerca de ochenta mil niños que habitualmente pasan por la plaza donde pretenden colocarla. 


Desde que me topé con la noticia, mi men­te no puede dejar de pensar en los miles de críos que se escandalizarán con unas piernas al aire, que se con­vertirán en futuros maltratadores, o algo así. «El mensaje que queremos transmitirle a nuestra comu­nidad no tiene nada que ver con la ropa interior de una mujer», argumenta el direc­tor del cercano museo Palm Springs. Ahora mi mente imagina a varios japoneses con sus cámaras al cuello y sus camisas de flores fotografiando las bragas de la Monroe. Intolera­ble. Varias plataformas han apoyado la retirada de esta escultura, cuya permanencia en la ciu­dad está, más que nunca, en el aire.

Resulta que, una vez más, llamamos cosifica­ción a cualquier cuerpo humano que se ponga al servicio del arte. Supongo que, en este plano, pronto caerán el David de Miguel Ángel, el Hombre de Vi­truvio, las gordas de Bo­tero o el guante de Rita Hayworth. Los moralistas del siglo XXI no ven en estas expresiones artísti­cas una elevación cultu­ral, sino simple y llana­mente «ropa interior de mujer», «carne femeni­n a » o qué sé yo. Se quedan atrás los ico­nos estéticos de nuestro tiempo, que ahora pasan por meras cosificacio­nes. No entienden es­tos adalides de la mo­ral que lo único que se cosifica aquí es la mente puritana que creíamos extinguida hace ya muchos lus­tros. Sólo espero que alguien en California levante la voz y diga que lo que esos niños ven al cruzar por la plaza no son piernas desnudas sino historia del cine occidental, y que sobre todo que el arte tiende a ser algo contrario a la cosificación: el arte es mímesis, es metáfo­ra. Espero que esos ni­ños no dejen que sea esta moral moderna, chusca y retrógrada, la que lo interprete por ellos.

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